Junio 2008, Barcelona.

La época de las tormentas rebientacoladas toca a su fin y el calor puro se adueña de esta mierda de ciudad, convertida en un feudo guiri-gamba.

La rutina acumulada, en ocasiones disimulada en forma de pequeños placeres, se vuelve insostenible. La necesidad de un cambio total de quehaceres diarios retumba en el interior de mi estresada mente.

Amigos lejanos y billetes de avión asequibles.

Dos países a descubrir mínimamente, China y Japón. Con asomar la cabecita me conformo.

28 días sin responder a nadie, sólo a mí, me lo debo.