Más tarde, mientras estaba sentado en el balcón, comiéndose el perro, el doctor Robert Laing recordó otra vez los hechos insólitos que habían ocurrido en este enorme edificio de apartamentos en los tres últimos meses.

Así empieza “Rascacielos”, de J.G. Ballard, una novela que me atrapó en su momento gracias al anuncio de que Vincenzo Natali, director de la claustrofóbica y brillante “Cube“, preparaba la adaptación a la gran pantalla. Si bien lleva dos largos años en producción, señal inequívoca de que algo va mal, no necesité una excusa para recuperar su lectura.

Un moderno rascacielos, una cantidad ingente de inquilinos (cuya posición social se define según la planta donde habitan), un macabro hecho aislado y se desata la barbarie. El arquitecto del edificio morando en su cúspide como muestra de superioridad, el intrépido aunque macarra productor de televisión que intenta la ascensión a la última planta, el doctor que se refugia huyendo de un feo pasado, personajes cada cual más sórdido.

Ballard gusta de trazar en sus novelas una audaz distopía, en un ambiente decadente y sucio donde los protagonistas rozan el umbral del salvajismo, un futuro que no parece tan descabellado como sugiere, puede que hasta cotidiano.

Un libro con una prosa que atrapa desde su sabida primera frase como previsible desenlace.