¿Crees que puedes elegir y tomar tus propias decisiones? Si es así, entonces crees en el libre albedrío. Sin embargo, es muy probable que no exista cómo tal. La mitad de tus decisiones viene determinada por unas causas y la otra mitad atiende a tus deseos y necesidades. Baruch Spinoza afirma que “los hombres se creen libres porque ellos son conscientes de sus voluntades y deseos, pero son ignorantes de las causas por las cuales ellos son llevados al deseo y a la esperanza”.

Cuando estamos enamorados, sentimos un torbellino emocional que distorsiona la realidad y nubla la razón, proyectando una imagen idealizada de la pareja. Condicionados por el instinto de supervivencia, no sólo vemos minada nuestra confianza en el libre albedrío, sino además la fe en nuestros propios sentidos. En multitud de textos de neuroanatomía se acostumbra a señalar la existencia de sólo doce pares craneales, omitiéndose la existencia de otro nervio craneal denominado “nervio terminal” o par craneal cero. Se ha demostrado que en animales tiene una cierta relación con las feromonas, llegando a producir cambios en cómo se percibe el entorno o modificando el sentido olfativo.

Volvemos a acercarnos peligrosamente a la teoría de “la inyección de dopamina“. ¿Cuánto tiempo hace falta para que un ajuste en los niveles de alguna determinada hormona o un empalme en un nervio en concreto, modifique nuestra percepción del mundo, cambie nuestra realidad y condiciones nuestras decisiones?

Claro que esta concepción le quita interés a la vida. Es más emocionante creer en el libre albedrío, en la vida después de la muerte o en los Reyes Magos que tener razón. Pero también puedes elegir creer en el libre albedrío y elegir rechazar esta teoría.